Relato porno Última noche en Iguazú xxx

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Última noche en Iguazú

Categoría: De fiesta Comentarios: 0 Visto: 4816 veces

Ajustar texto: + - Publicado el 29/06/2017, por: Anonimo

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Esta historia sucede en Puerto Iguazú, donde a mis 24 años yo había ido de vacaciones, solo, pero dentro de un tour de una semana con unos cuantos desconocidos de entre 18 y 40 años. Una especie de viaje de egresados para adultos, digamos, compartiendo transportes, excursiones y la posada. La semana pasó sin mayores novedades: el hermoso paisaje, las noches de boliches, las bromas, la pileta, las compras, la gente que uno conoce, los fracasos para engancharme con alguna minita, nada del otro mundo. Pero la última noche fue inolvidable.

Esa noche estaba pautada de antemano una fiesta de disfraces. Yo había preparado un disfraz de obrero industrial, con un casco y un mameluco antiguos. Después de un par de horas de tragos y bailes, me senté en una reposera al borde de la pileta con un fernet cola en la mano, para descansar un rato. En las dos reposeras a mi derecha estaban Fernanda y Adriana. Ninguna de ellas tenía un rostro particularmente agraciado, aunque no eran exactamente feas pues tenían curvas más que interesantes y pulposas. Digamos que no eran de las mujeres que el hombre superficial elegiría primero, pero tampoco descartaría. Nunca supe sus edades, tampoco las pregunté; pero claramente habían superado los 30, y probablemente los 35 también. Nos pusimos a charlar entre trago y trago. Aunque obviamente ya habíamos hablado algunas vecez, empezamos a conocernos recién ahí: Fernanda era soltera y Adriana recientemente divorciada, ese era el motivo de su viaje. Tenían muy buen humor, y un carácter extrovertido y hasta un poco masculino. Fernanda estaba disfrazada de diablita y Adriana de bruja, muy simple todo. A medida que pasaron las bebidas la charla fue volviéndose más personal, pasamos a contarnos anécdotas de nuestras ex relaciones, luego a aventuras y consejos amorosos, luego sexuales… hasta que Fer me preguntó cuál era mi fantasía sexual favorita.

Ahí lo decidí: iba a tratar de calentarle la cabeza y cojérmela. Con o sin Adriana.

Le contesté que tenía muchas, y algunas pocas las había cumplido, pero que en realidad lo mejor no son las fantasías sino los relatos.

-¿Los relatos?

-Claro. A veces leo algunos.

-¿Y qué diferencia hay?

-En realidad ninguna. Bah, los relatos pueden ser de verdad. Pero también pueden ser fantasías, sólo que mucho más desarrolladas y completas.

-Explicame.

-A ver… por poner un ejemplo… no es lo mismo decirte que me gustaría lamerte todo ese culo hermoso que tenés, que contarte un cuento que empieza ahora y termina en tu pieza, dentro de veinte minutos, con tus manos apoyadas contra la pared y tu colita inclinada hacia atrás, mi lengua invadiendo el fondo de tu culo, mis dedos jugando en tu vagina bien mojadita y tus labios pidiéndome por favor que te coja toda de una vez. Total, es la última noche, ¿no?

La expresión en sus caras fue inolvidable. Primero sorpresa, luego algo de indignación, un poco de risa, y finalmente a Fernanda se le escapó una sonrisa perversísima. Se lo había imaginado todo y le había encantado. Ahí supe que ella decidió que íbamos a cojer, y mucho. “¿Y cómo empezaríamos?”, preguntó.

Debo haber dicho algunas pocas frases sobre caricias, besos y manos de cada uno en ciertos lugares del otro, la acaricié un poco, pero no duré mucho. Ella enseguida se levantó de la reposera, me dio su mano, y con su mejor tono de veterana guerrera me dijo “vamos arriba, pendejo”. Luego le preguntó a Adriana si quería venir con nosotros; ella dudó (probablemente le haya dado pudor de casada), y Fer le comentó “bueno… cuando te decidas, ya sabés dónde estamos”.

Cruzamos el patio con mi mano izquierda agarrando bien fuerte sus nalgas. Nos frenamos en la pared al lado de la escalera y comenzamos a besarnos de la manera más bruta y mojada posible; un escándalo de manos frotando cualquier parte del cuerpo del otro, lenguas luchando la una con la otra por unos segundos. Subimos la escalera como pudimos, nos metimos en su habitación… y estaba otra de sus compañeras de pieza. A esa altura estábamos ya empezando a desvestirnos desde el pasillo, así que la chica no necesitó que le pidamos que se vaya. Nuestras miradas decían todo.

En segundos nos terminamos de desnudar, mientras nos besábamos como si fuera la última vez, tal como habíamos hecho en la pared del patio. Al sacarle la musculosa roja y el corpiño de encaje rojo quedaron expuestas sus grandes tetas. Las agarré, las besé, las mordí, jugué mi lengua en sus pezones mientras la sentí gemir como una perra en celo. Ella se agachó, me sacó el boxer y lamió mi verga de una manera tan lenta y perversa que me hizo temblar. Enseguida se levantó, se dio vuelta, se inclinó, apoyó sus manos en la pared, miró hacia atrás y me dijo:

-Ya sabés lo que me prometiste, pendejo.

Me arrodillé, le lamí la concha varios segundos, a esa altura estaba mojadísima. Soltó un gemido que fue casi un grito. Le abrí el culo con las manos. Froté mi verga entre sus nalgas y dejó salir un suspiro. Acerqué mi cara a su zanja, metí mi nariz y aspiré muy fuerte ese olor a culo excitado, transpirado, caliente. Finalmente le enterré la lengua bien adentro y empecé a moverla en todas las direcciones posibles, para arriba, para abajo, izquierda, derecha y más profundo todavía. La muy putona estaba gozando como nunca.

Saqué mi cara un segundo de su ojete y le ordené que sostenga su culo abierto con sus manos. Obedeció, y pude dedicar mis dedos a masturbarla, a masajear su clítoris, a chorrearme con sus fluidos, a hacer que el olor a concha caliente invada toda la habitación. Finalmente soltó un grito de orgasmo que debe habers escuchado hasta en la pileta. Ahí ella se dio vuelta, me ordenó que me pare, le hice caso y se metió mi poronga en la boca de un solo movimiento. Unas pocas chupadas después yo ya estaba acabándole en toda su cara de satisfacción.

Cuando me pude recuperar, comencé a besarla de vuelta, mientras la masturbaba y le masajeaba las tetas. Ni un minuto pasó hasta que mi verga estuvo lista otra vez. La llevé a la cama, la tumbé, le mostré mi poronga erecta y se la acerqué a la cara.

-Ahora te voy a dar toda esta pija que querías, putona.

-Ya era hora, pelotudo.

Estaba tan lubricada que entró sin resistencia. Empecé a bombear y escuchaba el ruido de su concha mojada chapoteando como nunca, aunque aún así frotaba contra sus paredes. La sentí temblar, clavarme sus uñas en mi espalda y tener dos orgasmos más.

-Te gusta, ¿no? ¿Esto querías?

-Me encanta, pendejoooooooooo!

-¿Querés más?

-¡Sí, no pares, hijo de puta, cojeme más!

-Tengo para rato, mami, te voy a hacer acabar de vuelta, sentí lo duro que me ponés.

Finalmente, luego de media hora durísima, terminé dándole cada vez más fuerte y acabé con un gruñido de alto volumen. Nos quedamos tirados, callados, agotados, sonriendo, por unos minutos. Hasta que Fer se levantó, fue al baño, y me dijo:

-Vas a tener que darme tu número de teléfono, pibe. Porque cuando volvamos a Buenos Aires la vamos a seguir. Adriana no sabe lo que se está perdiendo.

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