Relato porno Sexo en el hospital xxx

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Sexo en el hospital

Categoría: Infidelidad Comentarios: 0 Visto: 6490 veces
Ajustar texto: + - Publicado el 31/07/2013, por: Anonimo

AUTOR. BILBILITANO XXX

Mi padre estaba en coma y tras una difícil operación se encontraba hospitalizado. La habitación era de dos camas pero yo prefería que ningún otro paciente  ocupase la misma, para poder pasar las noches de vela en una forma más confortable, utilizando los dos sillones para formar una cama y descansar mejor.

Yo tenía veintidós años y era un hombre bien parecido, ligón empedernido y en mi agenda aparecían los nombres de varias “follamigas” a las que de vez en cuando echaba un polvo para mantenerme en forma y calmar las necesidades de un varón bien dotado y sexualmente muy activo.

Lo cierto es que a la segunda noche, me llevé una desagradable sorpresa cuando apenas había logrado conciliar el sueño, se abrió la puerta de la habitación y un celador trajo una camilla con otro hombre en coma.

Cuando el sanitario dejó al enfermo bien instalado se despidió con “un buenas noches” y nos quedamos la esposa del vecino de habitación y yo mirándonos fijamente antes de iniciar una conversación cordial.

Sonia, que así se llamaba la esposa del nuevo ocupante de la habitación, era una mujer alta, muy atractiva, con un cuerpo pleno de curvas y me fijé que sus pechos eran bastante grandes, siendo el foco de atención prioritario e inconsciente de mis miradas.

Le dejé la silla a la dama y comenzamos a hablar y a contarnos detalles de nuestras vidas, mientras nuestros enfermos estaban sumidos en el limbo de la inconsciencia.

Sonia me comentó que hacía dos meses había dado a luz a una niña preciosa. A la que alimentaba a base de teta, ya que era consciente de que la leche materna ayudaba a criar criaturas sanas, ya que la misma era un antídoto eficaz contra cualquier afección, a la vez que con sus nutrientes contribuía a un mejor desarrollo del bebé.

Yo la escuchaba con atención aparente, ya que mi vista se quedaba fija en el canalillo de sus senos generosos, y en los pezones que se marcaban como dos deliciosos montículos en su blusa rosa.

Sentado frente a ella me obnubilaba el cruzar y el descruzar de sus bonitas piernas, mientras su minifalda, mostraba unas piernas larguísimas y unos muslos deliciosos, que me provocaban una erección incontrolable, que al llevar unos pantalones ajustados no podía disimular y que ella descubrió bajando apresuradamente al suelo su mirada.

Sonia me comentó que su marido, veinte años mayor que ella, se excedía en el consumo de pastillas azules para complacerla y que las compraba por internet, sin receta médica, por lo que le había sobrevenido un infarto cerebral que le había sumido en un coma.

Se echó a llorar desconsoladamente y yo traté de calmarla ofreciéndole mi pañuelo para que enjugase en él las lágrimas que brotaban de sus bellos ojos.

Pasamos la noche en vela y al amanecer y antes de la ronda de las enfermeras. Observé que en los puntos donde se marcaban sus pezones se mostraban grandes huellas de humedad. Se lo dije y me comentó que su hijita, por culpa del infarto de su padre no había mamado sus pechos, y que necesitaba quitarse urgentemente la leche que manaba en alud incontenible de los mismos.

Yo, excitado por el espectáculo, me brindé a mamarle la leche si a ella no le importaba.

Sonia dudó unos instantes sobre si debía o no, aceptar mi propuesta, pero el flujo constante de su leche materna, hizo que me pidiera que le sacase la leche para guardarla en un pequeño recipiente esterilizado que tenía en el bolso y que se lo entregaría a su suegra cuando viniera a ver a su hijo a mitad de mañana, para que la niña pudiera, en su ausencia, seguir mamando la leche de su mamá. No obstante me aseguró que por mi colaboración podría también saborear su leche.

Para evitar que alguien pudiera sorprendernos en pleno ordeño, ambos nos dirigimos al cuarto de baño de la habitación. Tras cerrar la puerta, Sonia se desabrochó la blusa y me mostró su sujetador maternal del mismo color, que a duras penas podía contener sus pechos llenos de leche.

Me hizo sentarme en el inodoro y allí pude ver como Sonia se desprendía del sujetador, que depositó en la percha y pude ver en su plenitud dos enormes globos de carne rosada, apetitosos, coronados por dos fresones color marrón suave y dos grandes areolas marrón fuerte.

Estaba excitadísimo y ella me dio un beso en los labios y poco después nuestras lenguas se unían en una húmeda caricia muy sensual y gratificante.

Me dejó acariciar y amasar sus tetas, mientras que sus pezones erectos comenzaban a segregar unos hilillos de leche materna, que no me dejó saborear pues el primer caldo lácteo de sus ubres iban a ser depositados en el envase, que posteriormente su suegra daría a su bebé, para alimentarla.

Yo estaba muerto de ganas de hacerle el amor a esa belleza maternal, que me dejó apretar sus pezones con suavidad para que fuera fluyendo el alimento lácteo de su niña, que poco a poco fue llenando el envase, hasta que Sonia consideró que la dosis acumulada era suficiente para el desayuno de su hijita y tras cerrar el tape herméticamente, me indicó, con un gesto muy sensual y provocativo, mientras me ofrecía su pecho izquierdo, diciéndome:

—Tras el ordeño que me has hecho tu vaquita quiere darte tu biberón mi vida.

Me quedé con cara de imbécil viendo como ese manjar se acercaba a mi boca y como un bebé de veintidós abriles, abrí la boca y atrapé la golosina de su pezón y como a sorber con hambre y con deseo.

Poco a poco mi boca se llenó de su leche que bebí con fruición y cuando se agotó el cántaro izquierdo, me puso ante mis labios el derecho, hasta que los pechos se quedaron vacíos y yo estuve a punto de correrme de tanto placer como tenía.

—Levántate, que tengo que hacer un pis—me dijo Sonia con picardía.

Se subió la minifalda, se bajó el tanga negro que llevaba y se sentó en el inodoro para orinar, sin importarle que yo pudiera ver su vagina cubierta por un vello bien recortado.

Me quedé helado, y excitadísimo, por lo que ella me pidió que me acercase y yo como un autómata la obedecí. Sentada en el inodoro, me bajó la cremallera de la bragueta y sin previo avisto metió la mano dentro de mi slip y me sacó el pene, que en aquellos momentos alcanzaba sus máximas dimensiones.

La mujer acarició con sus manos suaves, de uñas bien cuidadas mi miembro viril y sin ningún recato me dio una chupada a mi glande, que por la excitación parecía una seta gigante azulada y se lo metió en su boca de dientes blanquísimos y perfectos, hasta engullir, no sé aún como, el gran cilindro sexual, sumiéndome con sus caricias con la lengua sobre mi capullo humedecido por su saliva y por la presión de sus labios sobre el mismo, en una excitación suprema, como ninguna de mis “follamigas” había logrado hasta ese momento al hacerme una felación.

Mi polla estaba a punto de explotar al rozar su campanilla, cuando ella expulsándola del cáliz de su boca, se dedicó a lamer mis testículos, al acariciarlos con la mano izquierda  y a sopesarlos, a la vez que con la otra mano derecha me masturbaba, obligándome a cerrar los ojos para disfrutar de esa mamada espectacular con esa bella mujer, hasta hacía unas  horas una perfecta desconocida

. Cuando tras el masaje supergratificante y con cara de viciosa, de glotona insaciable, volvió a besar la punta de mi glande con sus labios carnosos pintados de rouge y después apoyó mi pene sobre su lengua sorbiéndolo con ansiedad, creí que no podía aguantar más y que de un momento a otro iba a darle a esa madre lactante un copioso biberón de leche masculina.

Sonia siguió disfrutando con su felación indescriptible. Poco después y antes de que pudiera avisarle, sentí un temblor intenso que sacudió mi espina dorsal y me dejé llevar por la excitación, notando que una catarata de semen surgía desde mis testículos a la cálida boca de la esposa de nuestro compañero de habitación.

Pensé que iba a enfadarse, que iba a recriminarme mi gesto machista al llenarle su boquita con mi leche, pero sucedió todo lo contrario, ella no sé aún como pudo beberse el biberón lácteo que le brindé y hasta se relamió de gusto.

Luego la hice levantarse del inodoro y ocupé su sitio. Ella se acercó a mí y se sentó sobre mis piernas y su vagina se acercó hasta mi miembro viril erguido y desafiante. Noté sus labios mayores, la humedad de su cuevita deliciosa y poco a poco ella se fue ensartando en mi mástil y poco después su pubis se posó sobre mis testículos, aún llenos de mi semen, a pesar de la copiosa eyaculación que instantes antes había disfrutado.

Estuvimos follando Sonia y yo durante dos semanas, hasta que su marido falleció. Sentí mucho el quedarme a solas con mi padre en mis eternas noches de guardia, hasta que pasado un mes mi padre falleció y yo llamé por teléfono a Sonia.

—Ven a consolarme. Estoy muy sola y necesito a un semental como tú a mi lado.

—Voy mi amor. Yo también te necesito—le dije visiblemnete emocionado y por supuesto excitadísimo.

Desde ese día y han pasado más de dos años. Sonia y yo somos pareja. No podemos casarnos pues ella no quiere perder la pensión, ni yo mi soltería. Yo soy el padre  biológico de otra niña, Marta, que nació de nuestra relación en el hospital, aunque la paternidad se la hemos colgado al difunto y ejerzo también de padre de la niñita, que me regaló parte de la leche de su mamá, para que Sonia y yo nos convirtiéramos en amantes.

 

 

 

 

 

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